El eco de un cascabel. Ejercicio de escritura.

El eco de un cascabel. Ejercicio de escritura.

1. 

He bajado a tomarme un café. No soporto a mis vecinos. Estoy irascible. Quizá sea por el eclipse, o porque no son horas de escuchar a Camela a todo trapo. 

También he recibido un mensaje de Luis; el único mensaje que no esperaba: «¿hablamos?».

No estoy preparada para hablar con él de nada. De algo. Con él en particular. Pero es Luis. Y le he respondido intentando aparentar una dignidad que no poseo. Hemos quedado a las cuatro y diez. ¡Mierda!

2.

¡No! ¡No puede ser! He pulsado enviar. ¿Qué tipo de broma pesada es esta? A cualquiera menos a ella. ¡Joder! Pero… ¿cómo cojones se ha abierto su chat? ¡Joder! Y no me he atrevido a confesarle que ha sido un maldito error. 

Y ahora ella se agarrará a Aute y pensará que quiero volver, recordar, olvidar o perdonar… ¡Vete tú a saber! 

Si ya me lo habían dicho, en días de eclipse no revuelvas. No pienso afeitarme para la cita. Ni pienso alargarla. Me iré tan pronto tomemos ese café. ¡Joder, la vida! ¡Joder! 

¿Seguirá llevando el pequeño cascabel?

3. 

Soy puntual hasta cuando me da pereza. He llegado a las 16:03. Creo que seré capaz de controlarme si no le miro a los ojos. Sus ojos siempre me han turbado. Hablaré de banalidades; estoy preparada para el partido de tenis que será nuestra conversación. ¿Qué querrá?

Ahí llega. Sonríe. Baja la cabeza. ¿Por qué ha sonreído? ¿Nos daremos dos besos de rigor como si acabáramos de encontrarnos? Quiero echar a correr. En vez de hacerlo me quedo paralizada cuando sus labios rozan mis mejillas y reconozco su olor. Estoy perdida. No solo le tengo enfrente, sino que con él han reaparecido todos mis fantasmas. 

Las historias inacabadas siempre te alcanzan.

4. 

¡A la mierda la previsión! ¿Dónde queda el autocontrol? Es verla y dar un salto en el tiempo. Darle dos besos ha sido instintivo, igual que sonreír o decirle que la veo muy bien. Está preciosa. Y yo con mi coraza intentando aparentar… ¿Aparentar qué? ¡Menudo gilipollas! Con ella estoy en pañales, en pelotas, desnudo. 

¿En qué momento dejé de transitar el puente que me unía a su sonrisa?

5. 

Espero a que sea él quien inicie la conversación. Me intriga sobremanera saber de qué quiere que hablemos. Me mata su mirada. A través de sus ojos he vuelto a un atardecer en la playa, a un amanecer en mi cama y a una estación de autobús.

—Voy a serte sincero; envié el mensaje por error. —Respiro. Respiro más profundo. Intento no bajar la cabeza y mantenerme erguida—. No me he atrevido a cancelarlo porque en el fondo quería volver a verte, pero tenía miedo de tu reacción. 

—¿Crees que echaré a correr, Luis?

—Ya lo hiciste una vez. Y aún desconozco el motivo.

6. 

—¿Quieres que hablemos de eso?

—¿Y tú, Luis?

—Dispara. La incertidumbre mata lentamente, ¿sabías?

—¿Has venido con ganas de venganza?

—He venido por pura elegancia.

—No soporto que me odies.

—Ni yo que dejaras de quererme.

7.

—Podrías haberte quedado y perder ese maldito autobús.

—Luis… no tenías derecho a hacerme elegir.

—¿Ah, no? La vida es una puta elección constante, te guste o no.

—Lo que no te gusta a ti, entonces, es que mi elección no fuera quedarme contigo —suspiro. 

¿Cómo explicarle que no fue sencillo? ¿Que lloré durante todo el trayecto porque separarme de él fue atroz? Estábamos en nuestro mejor momento. Pero yo no estaba siendo sincera y necesitaba irme antes de que la bola se hiciera más grande.

—Solo dime a dónde fuiste. O con quién. Creo que me lo merezco. Han pasado más de tres años…

—¿Crees que seguimos siendo los mismos?

—¿Servirá de algo?

8.

Hay frases que suenan a broma que también resuenan a ciertas y dejan poso. Como cuando al conocernos, Luis dijo que no soportaba a los niños. Que le daban pereza, que no sabía qué hacer con ellos y que si fuera por él, se extinguiría la especie.

—Venga, dímelo —insiste—. Dime por qué te fuiste así sin más.

—Se llama Luis.

Le veo palidecer sin darme siquiera tiempo a explicar. La mente construye escenarios aunque falten la mayoría de las coordenadas.

9.

Acordamos que la nuestra sería una relación abierta. Ambos veníamos escaldados de nuestras historias anteriores. No nos contaríamos ni los aciertos ni los desastres: «aquí y ahora» se convirtió en nuestro santo y seña.

Al principio fue fácil mantener el acuerdo, pero a medida que se sucedían nuestros encuentros, yo necesité atar algunos cabos de su discurso, y ella también. 

Donde parecía que habíamos construido bases sólidas, empezaron a abrirse grietas. Eran los secretos estallando los cimientos.

10.

¿Por dónde empieza uno a contar su historia, sobre todo, cuando hay capítulos que duelen?

Así que decidí omitir algunos detalles, confiando en que se presentaría el momento ideal para ello. Sin embargo, a medida que se sucedían nuestras citas, encajábamos como piezas de un puzle y nos amábamos como seres únicos, me empezó a dar pereza y cierta vergüenza revolver mi pasado. No quería que el gris se colara entre nosotros. Supongo que me inventé una nueva Yo porque la antigua estaba demasiado lastimada. 

¿Me hubiera entendido? ¡Joder, Luis! No deberías haberme escrito de nuevo. ¡Joder conmigo misma! No debería haber aceptado el café.

11.

—¿Otro Luis? —no quise verbalizarlo, pero la pregunta salió de mi boca como si llevara fuego.

—No es lo que tú piensas…

—Eso dicen en las películas —añadí intentando disimular mis emociones. Hubiera gritado.

—Este Luis tiene 5 años y es mi hijo.

—¿Tu hijo? ¿Tienes un hijo? ¿Por qué no me hablaste de él?

—Dijiste que no te gustaban los niños, que no querías…

—¡Espera! ¿Me estás diciendo que me ocultaste que tenías un hijo porque yo dije qué?

Mientras la escucho hago memoria y no recuerdo la conversación.

—¿En serio se fue a la mierda nuestra historia por un tema del que no pudimos hablar siquiera?

¡Qué triste el silencio cuando habla de falta de confianza!

12.

Lo mío es acojonante. Acudo a la cita para saber de él y me descubro abriendo la caja de Pandora. ¿Para qué? ¿Qué necesidad tenía yo de revolver el pasado? ¿De hurgar en una herida que ha tardado tres años en cicatrizar? No tengo excusa y lo sé. Defender lo indefendible es absurdo. Cualquier cosa que diga ahora sonará patética. 

—Dime la verdad, ¿me tenías miedo? —me pregunta clavándome la mirada.

—No. Tenía miedo de que me dejaras.

—¿Y por eso me dejaste tú antes? ¿Eres guionista? ¿Sabías cómo acabaría nuestra historia?

Trago saliva. No responder me parece lo más sensato. Tiene derecho a la pataleta, así que esperaré mi turno.

—Dímelo tú, Luis. ¿Cómo escribiste el siguiente capítulo?

13.

La observo tratando de comprender e incluso, de ver más allá de ella y de nosotros hoy en día. Me parece una mujer completamente distinta. Separarnos nos hizo más fuertes, o menos ingenuos, o… ¡a saber! 

Podría seguir reprochándole que me ocultara una información tan trascendental, pero en algo tiene razón: es mejor no revolver. Estoy abrumado.

—¿Dije alguna lindeza más de esas imposibles de olvidar?

Tarda en responder. Carraspea. Afirma:

—También dijiste que no me engañarías.

Cuento hasta diez intentando simular serenidad. ¿Es la hora para confesarme?

14.

—No te engañé.

—Bueno…

—No te engañé —insiste.

—Hay muchos tipos de engaños y mentiras, Luis.

—¿Y cuál es el peor? ¿Competimos a ver quién de los dos la cagó más?

Me duele lo que dice. No se trata de ver quién lo hizo mejor ni peor. A toro pasado creo que yo, al menos, solo quiero saber por qué.

—Quizá no lo recuerdes, pero dejaste de hablar conmigo. Di que fue porque te pesaba la mentira que me habías contado, la situación… Ya no importa. Justo en ese momento la conocí. Y lo creas o no, no te engañé con ella, pero se convirtió en mi confidente.

O me caigo o aguanto. No ha sido buena idea venir a verle. 

—¿No crees que es muy injusto que yo tenga que entender tus porqués y tú critiques los míos?

Asiento. Deberíamos irnos.

15.

Opto por ser sincera, al menos por una vez, en este preciso instante.

—Me rompí por dentro, Luis. Fue un error ocultarte la existencia de mi hijo y fue un error marcharme sin darte ningún tipo de explicación. Estaba sobrepasada. Y celosa. Te veía mirar el teléfono y sonreír, me hice una película mental gigante, y sí, antes de que me lo digas de nuevo, podría haber hablado contigo de todo esto. Pero, te pregunto: ¿por qué crees que nos cuesta sincerarnos con el otro después de un tiempo? Yo sentí que mataría nuestro amor.

—Lo mataste huyendo sin darme mi derecho a réplica. Te olvidaste de algo fundamental.

Lo miro conteniendo la respiración.

—Antes de todo, antes incluso del primer polvo, de los besos, discusiones y recelos, fuimos amigos.

La primera lágrima nos atrapa a ambos desprevenidos, secando con ternura la mejilla ajena. 

—No llorar por nosotros —decimos también al unísono—, no hacernos daño, aquí y ahora.

Luis mira mi muñeca y sonríe con nostalgia:

—Hay cosas que siguen igual. Menos mal.

16.

Creo que el regalo más estúpido que he hecho en mi vida ha sido esa pulsera de cascabel. Pero ella era un duende que había hecho magia conmigo, de repente, cuando yo no la esperaba.

—¿Un cascabel? ¿Estás loco? ¿Quieres que me vuelva loca yo o qué?

Reía. Reía tanto cada vez que lo agitaba que de ser el regalo más tonto, pasó a convertirse en el objeto más simbólico de nuestra relación.

—Hazlo sonar cuando estés triste, cuando me añores, cuando te cabree, cuando te sientas sola.

Con la segunda lágrima agita la mano y me trae al presente y la realidad donde ni ella, ni yo, ni el cascabel sabemos por dónde sostener el desamor.

—¿Te lo quitarás algún día?

17.

No respondo. Es absurdo volver a hablar de un nosotros que hoy ya no existe. No somos aquellos que fuimos, y, dudo mucho que después de todo, pudiéramos volver a sentirnos siquiera parecidos a aquellos que aún no se habían herido.

Ninguno lo pronuncia, y sin embargo, ambos lo escuchamos como una sentencia: «se acabó». Los recuerdos son el mayor enemigo de los reencuentros. Confunden siempre.

—Creo que deberíamos irnos ya, Luis —sugiero.

—Si quieres… —responde dejándome un sabor amargo en la boca del estómago.

—Querer… ¿revolver más?

18.

Nos levantamos despacio. Apenas son las cinco de la tarde. Me siento abatido, como si me hubieran zarandeado desde las entrañas. 

No hay nada más que decir. O yo no encuentro las palabras que puedan acercarme a ella. Derrotado en un solo combate, cuando ni siquiera lo había previsto.

¿De qué están hechas este tipo de casualidades? ¿Debería haber cancelado el encuentro? De nada me sirve lo dicho, hecho y omitido. 

Cruzo la calle sin mirar atrás. Elimino su teléfono de mi agenda. Prefiero no volver a recaer; hay abismos demasiado profundos.

19.

Sin besos, apenas con una sonrisa tímida, es como nos hemos dicho adiós. La pulsera se ha quedado en el platillo del café. 

Los dos hemos escuchado cómo el camarero al recoger la mesa lo ha hecho sonar. Ambos hemos fingido indiferencia. «No más reproches», he dicho. Las historias no deberían terminar con un inventario del desastre, ni de los daños. ¿Y el saldo a favor? 

—Poco o mucho, ya no soy la misma, y eso te lo debo a ti.

—Volvemos a ser dos desconocidos.

—Eso parece.

El camino a casa parece más largo ahora que regreso tras este encuentro.

20.

Si el 1 de julio no le hubiera enviado el mensaje por error, es muy probable que ahora mismo siguiera haciéndome pajas mentales sobre por qué no fui suficiente para ella o sobre quién era el otro, o…

Tenía tanto miedo a hablar con ella como miedo a descubrir la verdad. Y lo curioso es que la vida siempre nos sorprende y muchas veces nos enfrenta a posibilidades que ni imaginábamos. 

Fue imposible no quererla y es imposible que la olvide. Yo tampoco soy el mismo. Si quiero honestidad, primero he de aprender a mostrarme.

El camino sigue, ahora en silencio. Soy consciente de los hilos invisibles que me siguen conectando a ella: canciones, frases, el sonido del cascabel…

Giraré la cabeza cuando escuche uno, aun sabiendo que ya no viaja en su muñeca. Supongo que quiero proteger el recuerdo del buen amor, y así lo haré. Cada historia merece sus galones, aunque puedan parecer cicatrices.


 

Ejercicio de escritura creativa de julio.

Julio ha sido un gran mes de creatividad. El día 1 me propuse completar este ejercicio y de nuevo, inspirar a quienes me siguen a través de la redes, con otro juego de escritura creativa. La premisa era esta: escribir cada día un par de frases e ir improvisando la historia sin trabajar la trama ni los personajes. Escribir por el mero placer de hacerlo e ir creando una historia que finalizaría el 31 de julio.

Sin grandes pretensiones ni expectativas, jugar a escribir y a dar forma a diferentes ideas que acabaran adquiriendo un sentido global.

Como habéis leído, lo mío son las relaciones de pareja, encuentros, desencuentros y diálogos intensos. ¿Por qué no lo intentáis en este mes de agosto? ¿Cuánto creéis que puede costaros escribir un par de frases al día? No es necesario publicarlas en redes. Con que las escribáis para vosotros es más que suficiente, porque no olvidéis que A ESCRIBIR SE APRENDE ESCRIBIENDO.

Feliz mes de agosto. Que sea un mes creativo.

Por cierto, he inaugurado canal en Youtube; aprovecho y os dejo el último vídeo aquí porque está lleno de recomendaciones literarias para todos los gustos. Así que… ¡Nos leemos! ¡Nos vemos! ¡Y seguimos conectados! Sed buenos. Muaks!

2ª vídeo de mi canal de Youtube. ¿Me sigues también por allí? ¡Gracias!

4 comentarios en “El eco de un cascabel. Ejercicio de escritura.”

  1. —No soporto que me odies.
    —Ni yo que dejaras de quererme.

    Este trozo de diálogo quedó resonando (y resuena todavía) en mí. Es como si ése fuera el primer punto a resolver para poder hablar, o las emociones que traen consigo impedirán la conversación.

    Me tienta el ejercicio y, sobre todo, me tienta leerte. Siempre.

    Un abrazo enorme, Itziar (siempre Lady)

    • ¡Ay, querida Lady Alís!
      Siempre encontrarte es un regalo para mí.
      Nos siguen enganchando nuestras respectivas letras.
      Besos.

      Y si te tienta el ejercicio, pruébalo. Un café, una terraza, aire en la cara y magia creativa.

      Lady.

  2. Te escuche hace unos días en un podcast (club wordpress), (creo que fue lo mejor de aquel día a parte del café que tomaba), me uno a tus lectores ya que me encanta como escribes y aunque no eres consciente me has inspirado a seguir escribiendo, me has dado la seguridad que me faltaba. Saludos desde Ecuador.

    • ¡Gracias! Este es uno de esos mensajes que siempre me digo que tengo que releer cuando me entren las inseguridades y las dudas. Muchísimas gracias por expresar y sobre todo, por haber retomado tu pasión por la escritura. Escribir nos hace libres, ¡es tan liberador!

      Gracias de todo corazón por tus palabras.
      Un abrazo.

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